La eterna búsqueda del nombre propio del poeta

Segunda reflexión como asistente a las ‘Veladas Poéticas’ que han tenido lugar en los Cursos de Verano 2017 de la UIMP en Santander 


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No se puede apreciar a simple vista. Ni a través de ninguno de los cinco sentidos. Pero lo es todo para nosotros. No se puede palpar. No huele. No emite ningún sonido por sí sola. No está en ningún lado, y al mismo tiempo está por todas partes, lo rodea todo, se impregna en todo. No me estoy refiriendo a ninguna deidad, sino a la identidad humana, al ‘yo’, a nuestro nombre propio.

Sin nuestra identidad no somos nadie, lo que empeora aún más la situación que muchos seres humanos puedan sentir por verse como insignificantes, como minúsculos, no sólo en el Universo o incluso en el planeta Tierra, sino en un continente o país. O provincia. O ciudad. De aquí que nos aferremos a nuestra identidad, a nuestros nombre y apellidos, para ser alguien. Importante, al menos, para nosotros mismos y quienes nos quieren y aman.

Precisamente sobre el nombre propio, sobre la identidad de uno mismo, sobre el ‘yo’, habló la poeta Ángeles Mora en su participación en las ‘Veladas Poéticas’ hace varias semanas, en los Cursos de Verano 2017 de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) 2017. Un ciclo que tiene lugar en el Palacio de la Magdalena de Santander.

Teniendo clara la importancia de nuestro nombre propio, surgen cuestiones como las planteadas por Ángeles Mora, quien en esta cita literaria comentó la continua búsqueda que ha hecho a lo largo de los años de su nombre propio, más allá del nombre con el que sus padres la bautizaron.

¿Cuánto cuesta encontrar el nombre propio de cada uno de nosotros? ¿Cómo podemos ir más allá de nuestra identidad, del nombre que aparece escrito en nuestro DNI? ¿Es sencillo? ¿Tenemos claro en algún momento de nuestra vida quiénes somos realmente, aparte de un hombre o una mujer con un nombre y unos apellidos que no hemos elegido, sino que nos han grabado a fuego nuestros padres?

El fondo filosófico y humanístico a estas preguntas es muy amplio e importante. De eso debió darse cuenta Ángeles Mora desde sus inicios en la vida y en la literatura, lo que es fácil deducir de sus palabras, de su intento continuo, eterno diría yo, de encontrar su nombre propio más allá de ser Ángeles Mora.

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Pero esta continua búsqueda, que no tiene fin, puede plantear varios problemas desde mi punto de vista. Y lo hago en forma de preguntas, a las que cada uno tendrá que contestar. ¿Es posible estar toda la vida buscando la propia identidad como poeta, corriendo el riesgo de no encontrarla nunca, y hacer todo un viaje vital, quizás, en balde?

¿Es posible tener una voz poética fuerte y firme si no se encuentra nunca la propia identidad? ¿Y qué consecuencias puede tener este hecho, no sólo en lo relativo a las reflexiones vitales propias del poeta que se busca continuamente, sino en la visión de los lectores al leer la obra de quien siempre se intentar encontrar, sin conseguirlo?

La verdad es que las respuestas, como creo que ocurre en casi todo lo relacionado con la poesía, son tanto negativas como positivas, abarcan todo el abanico posible de respuestas y argumentos. Sí, el lector puede tanto criticar y rechazar la poesía de quien no tiene claro quién es, como aplaudir el intento de buscar la identidad, y se tarde lo que se tarde, compartir esa búsqueda en los sucesivos libros que se publiquen.

Porque no es sencillo tener claro quién es uno mismo, más allá de los datos del DNI, el pasaporte o cualquier tipo de documento. Al final, esos datos son una clasificación, nos dicen quién somos y nos identifican a nivel burocrático. Pero para cualquier mente inquieta, es imposible detenerse en esa frontera del control gubernamental. Y, en definitiva, en cualquier frontera.

La poesía hace desaparecer los límites impuestos por la minoría que controla la vida de la mayoría, es así de anárquica. Los poemas no deben ser anárquicos, ni reivindicativos, de una ideología u otra. La poesía es un arte literario, no un fin. Es un medio y cada poeta lo usa como quiera, según su inspiración, su visión de la vida. Su mirada, de la que hablé en la primera de las reflexiones sobre las ‘Veladas Poéticas’, a tenor de lo contado por Mercedes Cebrián.

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Si el poeta o la poeta debe aferrarse a una mirada sobre el mundo, sea finita o infinita, cambiante o estática, pienso que esa mirada se supedita, en primer lugar, a la identidad de quien escribe. Quien mira es una persona, un ser humano, con sus miedos, sus dudas, sus alegrías y tristezas, sus opiniones, sus reivindicaciones, su pasotismo, su compromiso o su desaparición de la vida pública en todos los sentidos.

Y si es cierto que el mundo, la vida, está cambiando en muchos aspectos (aquí podemos discutir sobre si es verdad que realmente los cambios y las transiciones son tan rápidas y con tanta repercusión como algunos dicen, o si en verdad es una sensación que tenemos por vivir este tiempo, pero visto con perspectiva no es así), también lo es que el problema de quien duda, el problema de quien busca su sitio en el mundo, su identidad a nivel tan profundo, es perderse en un camino con demasiados caminos que se entrecruzan y no llevan a ninguna parte.

Pero como considero que la poesía tiene un gran componente de experimentación, de jugar con las palabras, las ideas, tanto con una métrica y una rima definidas como desde el punto de vista del verso libre, no veo mal un recorrido poético basado no en la claridad y la seguridad sobre quién es uno mismo, sino en la búsqueda continua. ¿Qué hay que perder teniendo en cuenta que somos pequeños en el Universo y un día moriremos?

Dado que estamos condenados a morir, dado que la sensibilidad de los/las poetas va a más allá de ver lo que está a la vista de todos, dado que ni todos los poemas que se vayan a escribir en el mundo servirán para rellenar todo el vacío del firmamento, ¿quién puede decir que es inútil la poesía de quien eternamente busca su identidad, su ‘yo’?

Cada persona, cada escritor, cada poeta, se enfrenta al vacío de una vida condenada a morir como mejor puede. Hay quien lo tiene claro desde muy temprano, o desde no tan temprano, y no puede cambiar sus gafas. Y hay quien tiene claro que no se puede llegar a la muerte sin saber quién se es, quién se ha sido, o quién se quiere ser. Unas veces se tarda más, otras menos. Y durante el recorrido el poeta que se busque todos los días de su vida va a encontrarse con afines a sus ideas.

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Porque el escritor, aunque se debe a sus lectores, que son quienes compran sus obras, participan en las conferencias, acuden a los recitales, etc., no tiene la obligación de mostrar seguridad en sí mismo. ¿Quién vive completamente seguro de todo lo que hace, de que su enfrentamiento a la vida es inamovible y no requiere de modificaciones? ¿Y quién puede echar en cara tener la inquietud de buscarse a sí mismo, de encontrar un significado a lo que nos dan sin preguntarnos, nuestros nombre y apellidos, teniendo que sobrellevar esa carga toda la vida en la casi mayoría de los casos?

Todos somos frágiles, todos sufrimos, nos venimos abajo, vivimos momentos en los que nos sentimos superados por cualquier circunstancia. Y todos tenemos la necesidad de anclarnos a la vida de alguna forma. Con un trabajo. Con un amor. O buscando un significado a las letras que ordenadas de una manera, y no de otra porque si no formarían palabras distintas, dan lugar a nuestro nombre.

Porque el nombre es una cosa, pero la identidad es otra completamente distinta. Va mucho más allá de, eso mismo, unas letras colocadas en un orden determinado porque quienes nos han traído a la vida, sin preguntarnos si queremos vivir sabiendo que un día llegará el eterno fundido a negro, así lo han decidido.

Y tal vez, si supiéramos que somos eternos, o estuviésemos seguros porque hubiese pruebas de ello, de que una vez muertos resucitaremos o viviremos más allá de la muerte, a lo mejor no surgirían estos problemas. O quizás sí, porque visto de cierta forma, si el hecho de que tengamos fecha de muerte aboca, como en el caso de Ángeles Mora, a buscar la identidad durante la vida, ¿qué ocurriría si, en cierta manera, estuviésemos condenados a vivir para siempre? Ya ven, toda cuestión es susceptible de ser respondida con soluciones opuestas. Y desde los extremos al centro hay toda una gama de posibilidades entre las que escoger.

En fin, que cada cual reflexione sobre esta cuestión, sobre si la búsqueda de la propia identidad durante toda la vida, e intentar plasmarlo en cada libro, supone un valor o un defecto de la poesía (en mi opinión no es un hándicap). Ciertamente, considero como poeta, como escritor, que con una misma mirada o distinta según la vida que se lleve, buscarse a uno mismo todos los días de la vida es, por lo menos, irremediable. Y la calidad poética consecuencia de andar sobre la cuerda floja dependerá de la maña del equilibrista y de las piruetas que sea capaz de inventar y compartir.

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